En la Plaza de San Pedro, miles de personas esperaban el momento en el que José Gregorio Hernández, el el llamado “médico de los pobres”, finalmente fuese canonizado como Santo por El Vaticano.
El evento, precedido por el Papa León XIV, a trajo a Roma a miles de venezolanos. La ceremonia, que contó con la participación de hasta 70.000 fieles, fue una de las celebraciones litúrgicas más concurridas de los últimos tiempos.
José Gregorio Hernández ya es Santo
Durante el acto, junto a José Gregorio Hernández, fueron canonizados otros seis beatos, ahora Santos: Carmen Elena Rendiles Martínez, también venezolana, Vicenta María Poloni, María Troncatti, Bartolo Longo y dos mártires, el obispo turco Ignacio C. Maloyan y un catequista de Papúa Nueva Guinea, Peter To Rot.
Durante la homilía, el Papa León XIV reiteró el mensaje de que el Evangelio es un llamado a la acción, señalando que los santos no son insensibles a la llamada de quienes sufren.
«Preguntémonos, pues: cuando escuchamos el llamamiento de quienes están en dificultades, ¿somos testigos del amor del Padre, como lo fue Cristo hacia todos?«, instó el Pontífice. La santidad, según el Papa, no recae en «héroes ni paladines de algún ideal, sino hombres y mujeres auténticos«.
Al finalizar la ceremonia, el Papa agradeció la presencia de las autoridades y delegaciones oficiales, entre ellas el presidente de Líbano, país que el Papa visitará a finales de noviembre, y los representantes de la gran procesión internacional del Señor de los Milagros.
El legado que trasciende
En Venezuela, el mito de Santo José Gregorio Hernández es inmensamente celebrado en todo el país. Su rostro está plasmado en el arte callejero de Caracas, en retratos que adornan hospitales y estampillas en altares domésticos.
Conocido como “el médico de los pobres” nació el 26 de octubre de 1864 en Isnotú, un pueblo de la región andina venezolana, ubicado en el estado Trujillo.
En vida, se destacó como científico, filántropo, docente y médico al servicio de los enfermos y necesitados a finales del siglo XIX y principios del XX, y se le conocía por negarse a aceptar dinero de los más humildes por sus servicios. A menudo, también les proporcionaba dinero para medicinas, ganándose su eterno apodo. Falleció en 1919, a la edad de 54 años, luego de resultar atropellado mientras salía a comprar medicina para una anciana sin recursos.
La perseverancia en su causa es palpable: en 1996, cuando el papa Juan Pablo II visitó Venezuela, recibió una petición firmada por cinco millones de personas —casi uno de cada cuatro venezolanos— solicitando su canonización. Silvia Correale, promotora de la causa, afirmó que este evento es “realmente un evento nacional de la más alta categoría”.
Su beatificación llegó tras reconocerse el milagro concedido a la niña Yaxury Solórzano Ortega, quien recibió un disparo en la cabeza. La joven tenía 10 años y el pronostico no era favorable. Los médicos explicaron que, si sobrevivía, tendría problemas neurológicos. Tras su operación, Yaxury logró caminar, ver y hablar en una curación completa. Sin explicación científica, se le atribuye a Hernández.
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